La vela de la portada arde un poco torcida. La cera cae por un lado y la base, cubierta de relieves de colores, parece salida de un altar casero. En el trabajo de Janie Korn, las gotas y los bultos se quedan a la vista. Le dan carácter a la pieza.
Una mesa llena de personajes
Korn nació en Estados Unidos y vive en Londres. Trabaja sobre todo con cera y cerámica. Su perfil oficial reúne exposiciones en galerías pequeñas y colaboraciones con el Brooklyn Museum o Pop Mart. El salto de escala no ha borrado el acabado manual.
Su catálogo incluye perros vestidos, caracoles, flores, casas y retratos convertidos en velas. Las superficies guardan huellas, cambios de grosor y pinceladas visibles. La selección publicada por Creative Boom ayuda a entender el conjunto: cada objeto parece haber llegado a la mesa con una historia algo rara. Y eso, aquí, es un cumplido.
En su tienda, las piezas pequeñas también aparecen pintadas a mano y llevan una mecha de algodón orgánico. Siguen siendo velas, por peculiares que parezcan.
Los dedos hacen de termómetro
Korn contó en una entrevista con Marset que ya no usa termómetro. Frota gotas de cera entre los dedos para calcular la viscosidad y la cantidad de aceite. Sí, con los dedos. La precisión le llega de repetir el gesto y reconocer cuándo la mezcla está lista.
Tampoco suele dibujar antes de empezar. Entra al estudio con una sensación o una imagen y deja margen para cambiar de dirección. La cera exige decidir deprisa; el barro aguanta otro ritmo. Ella ajusta la forma mientras trabaja, sin pulir después cada irregularidad hasta borrarla.
Del platero feo a la mecha encendida
La cerámica apareció por una razón bastante corriente: quería tapar un platero que ocupaba una pared entera de su cocina y que le parecía espantoso. Empezó haciendo platos propios y acabó enamorándose del barro. Más tarde escogió la cera porque buscaba un material capaz de desaparecer.
Esa posibilidad sigue dentro de cada pieza. Sus velas pueden quedarse años en una estantería, aunque también están hechas para arder. Quien encarga el retrato de una mascota acaba ante una decisión pequeña y bastante difícil: conservarlo o encender la mecha. Yo la encendería, pero seguramente tardaría unos días en atreverme.

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