Vista de lejos, la pieza parece una flor imposible o un animal marino que acaba de abrirse. De cerca aparece el truco: cada púa es un lápiz de color. Jennifer Maestre no los usa para dibujar, sino como pequeñas piezas de construcción. Hay algo ligeramente absurdo —y muy convincente— en ver una herramienta de dibujo convertida en volumen.
Primero convierte cada lápiz en una cuenta
El proceso no tiene atajo. En la selección publicada por Creative Boom, Maestre cuenta que corta cientos de lápices en tramos de una pulgada, perfora cada fragmento, lo afila y después lo cose. La unión se hace sobre todo con punto peyote, una técnica de abalorios que permite levantar superficies flexibles a partir de unidades rígidas.
Al cortarlo, el lápiz deja de parecer una unidad; al repetirlo cientos de veces, vuelve convertido en textura, color y estructura. Si alguna vez has afilado tres lápices seguidos y ya te ha parecido bastante, aquí la escala del trabajo se entiende enseguida.
Todo empezó con un erizo de mar
En una conversación organizada por GBH y Artisans Asylum, la artista sitúa el arranque durante su último año en el Massachusetts College of Art. Ya buscaba formas punzantes, pero el aprendizaje del trabajo con cuentas le dio la solución: tratar los lápices como si fueran abalorios y coserlos entre sí.
El erizo sigue ahí, aunque las obras no intentan copiar un animal concreto. Las puntas atraen y mantienen a distancia al mismo tiempo. Maestre también cita plantas, otros animales, los dibujos de Ernst Haeckel, la obra de Odilon Redon y la mitología. Por eso unas piezas parecen flores y otras, criaturas que preferirías mirar sin tocar.
La costura deja que la forma se mueva
El Mass Cultural Council la incluyó entre sus becados de artesanía en 2007 y conserva una selección con obras como Aurora, Asteridae, Seethe y Luna. Juntas dejan claro que el material no es un chiste de una sola pieza: el mismo método produce bocas, pliegues, tentáculos y cuerpos casi simétricos.
Creative Boom, nuestro radar para llegar hasta este trabajo, acredita las imágenes como cortesía de la artista. Lo que queda después no es sólo la sorpresa de ver lápices cosidos. También deja una pista útil: cuando un material no permite la forma que buscas, quizá no haga falta abandonarlo, sino aprender otra manera de unirlo.

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