El disco de vidrio vuelve verde oliva el mar que tiene detrás. No es un filtro fotográfico: el tono cambia con los minerales de la arena usada para fabricarlo. Encontramos la serie Flux en Creative Boom. En la escena, la costa aparece dentro de un material hecho con la propia costa.
Una playa cabe en un disco de vidrio
Abigail Reynolds empezó el proyecto en 2019 con una pregunta bastante literal: ¿podía convertir una playa en vidrio? Reunió arena y algas de la costa de Cornualles y trabajó con esos dos ingredientes hasta obtener láminas y discos soplados. El resultado conserva burbujas, ondas y diferencias de color; la fabricación sigue a la vista.
La exposición Flux en Kestle Barton reunió en 2022 esos discos de vidrio, una película del proceso, un gran grabado en madera de alga y un libro. El recorrido empezaba al recoger materia en la orilla y acababa con un disco sostenido frente al paisaje.
El alga hace de fundente
La clave técnica está en una palabra poco vistosa: fundente. Al quemar el alga, sus cenizas ayudan a rebajar la temperatura a la que la arena puede fundirse. Reynolds partió de recetas históricas reconstruidas por arqueólogos y colaboró con Amy Whittingham e Ian Hankey, del Arts University Plymouth, para probar mezclas en un horno construido a mano.
El relato del experimento publicado por la universidad cuenta una madrugada de horno encendido y bastante incertidumbre. A la mañana siguiente, el vidrio podía soplarse. Antes hubo crisoles que no resistieron, arena apenas vitrificada y cinco horas de mortero para obtener solo 600 gramos de ceniza. La alquimia tenía bastante de trabajo pesado.
Mirar la costa con su propia materia
Cuando el disco vuelve a la playa, funciona como una lente imperfecta. Agranda una roca, curva el horizonte y tiñe el agua con los minerales de la arena. La fotografía no necesita mucho más. Dos manos, una pieza circular y el mar bastan para explicar el proyecto.
Su biografía oficial describe una práctica que mezcla escultura, collage, impresión y costumbres de Cornualles. Aquí no hace falta un texto de sala: sostener el vidrio ante la costa permite ver el paisaje a través de una parte física del propio paisaje. Dan ganas de girarlo un poco y comprobar qué roca aparece después.

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